Aquél día iba un poco malhumorada, de esos días que me tienen aprehensiva a mis propios pensamientos y es ahí donde permanezco por el día completo, es dónde me encuentro y me doy cuenta de que todo lo que ocurre a mi alrededor, en realidad, podría no importarme. Simplemente soy de esas personas que les gusta adentrarse en su soledad, soledad extensa y abismal.
Hasta que el chillido penetrante de un bebé casi recién nacido irrumpió en mis pensamientos y dándome cuenta que había estado observando al piso desde que salí, levanté la cabeza para encontrarme ya en la parada, fue cuando, no sólo me percaté del lloriqueo del niño, sino, también de los demás sonidos alrededor, que juntos, tenían un ritmo bastante soportable.
También noté la mirada de unos ojos azules provenientes de un señor bien vestido que no paraba de comer dulces que obtenía con el simple movimiento de su mano en una bolsa de tela, colocándolos sobre su boca y masticaba con cierto encanto y al percibir su mirada, inmediatamente me volví hacia el suelo, intentando a toda costa, ocultar mi colorete natural en mi rostro y me descubrí sonriendo inconscientemente.
Volví a alzar la mirada y encontré que al lado de el señor que ya me había dejado de ver, había una chica muy linda, debo de admitir que sentí celos, en verdad tenía facciones muy lindas y llevaba unas ropas que parecían ser finísimas y que por supuesto la hacían ver mucho mas hermosa, pero su cara difería con el resto de su cuerpo, siempre he pensado que una sonrisa hace ver a cualquiera muy bien, estéticamente hablando y miren que yo sé de estética; pero ella no, sólo veía pero no miraba, tenía un vacío en sus ojos y en general se veía desganada y así mis celos desaparecieron, sintiéndome más segura.
Volví a sentir esa mirada del señor y yo me sentía coqueta, así que le sonreí de vuelta y con un gesto rápido ya tenía su mano, sugiriendo que tomara un dulce, así que lo tomé haciendo un gesto de gratitud y flirteo junto con mi inevitable sonrisa, cuando un niño de aproximadamente cinco años, volteó a ver el dulce que aún no lo colocaba en mi boca, me vio a mis ojos, con esa mirada inocente que sólo un niño posee y que nadie podría negársele, así que, extendiendo mi brazo, abrí la palma de mi mano, donde se encontraba un óvalo perfectamente aperlado con color naranja y se lo ofrecí, el señor asintió, como aprobando mi acción y el niño sonriendo incrédulo y un poco dudoso, tomó con su pequeña mano canela el dulce de mi mano, pero antes de poder metérselo en la boca, volvió a su madre buscando su consentimiento. Ella frunció el ceño y le habló con un tono agresivo desde la orilla, todos volviendo a ver a la señora, en seguida la cara del niño se tornó triste y humilde, de inmediato volteé a ver a la madre y le sonreí lo mas sincera que pude intentando sugerir confianza, para luego dirigirse nuevamente a su hijo y éste, sonriente de nuevo, metió el dulce a su boca. Yo, sentí una increíble satisfacción.
Pero aquella satisfacción terminó cuando la madre del niño, que estaba sentada hasta la orilla de la banca, empezó a murmurar para sí misma, pero viéndome extrañamente, como si estuviera celosa de mi juventud, de mi carisma, cuando me percaté de que se había molestado por haber aceptado el dulce de aquél hombre, ¿me habría visto muy mal? En seguida se me quitó la preocupación, no estaba para satisfacer a los demás ni mucho menos para ocuparme de lo que los demás pensaran y pronto me sentí absurda por siquiera dejar que me adentraran esos pensamientos.
Y entonces penetró un silencio pacificador, me recargué en un poste de madera, soltando un suspiro y cómodamente miré al vacío de la carretera, donde no se divisaba ni un móvil cercano… suspirando de nuevo, volteé a ambos lados, cuando vi que el niño que anteriormente había aceptado mi caramelo, fue con su madre de nuevo para preguntarle, dónde se encontraba el camión y que cuándo llegaría, su madre le contestó breve y duramente, diciéndole que se quedara quieto y callado.
Pero así era, ¿dónde estaba aquél camión? ¿Porqué no llegaba? Era una suerte que hubiera salido antes de mi casa, si no, no podría llegar a mis clases de pintura, algún día soñaba en ser una pintora de rostros, de esas sonrisas que jamás se explican, pero en estos tiempos del “cambio” que se veía lento, no tenía muchas esperanzas.
Ésta vez mi suspiro fue más profundo, sin embargo había algo que simplemente me tranquilizaba, a pesar de que quizás llegaría tarde a mis clases, no me sentía apurada ni con una fuerte necesidad de que aquél camión llegara, volteé a ver a los que permanecían sentados, que al parecer llevaban poco más que yo esperando y tampoco parecían consternados o apurados.
Y entonces recordé porqué me había salido más temprano, con la sensación de culpa, vino a mi mente mi madre con su voz siempre calmada diciéndome por quinta vez en el día que antes de mis clases debía pasar por una lechuga fresca con don Narciso, quien siempre tenía de esas sonrisas que me gustan y que se contagian, Así que, me fui de inmediato de la parada, viendo ya que el camión ni siquiera se escuchaba a lo lejos y que al igual, a unos cinco minutos se encontraba una verdulería, así que corriendo como pude, atravesé el campo, volviéndome a la parada por si llegaba el camión.
Llegué a la verdulería y pedí una lechuga y la señora muy amablemente, percatándose de mi prisa, me dijo que ya no tenía frescas, que sólo le quedaban del día anterior pero que necesitaban deshojarse, uhm no, mi madre jamás aceptaría esa lechuga, creo que ella era bastante específica en cuanto a lechugas. La señora vió mi cara de decepción y desesperación y me sugirió que más adentro en el pueblo había otra verdulería, pero volteé hacia la parada y el camión estaba ya ahí y mientras se subía la madre con su bebé, que parecía tomarle bastante tiempo, acelerada, corrí a la parada nuevamente, sin lechuga y sin sandalias, pues éstas las removí para desplazarme más fácil. Grité que me esperaran y un señor quien asumí que era pintor por su brocha, le gritó algo al chofer, quién empezó a mover el camión sin mí y sin el pintor, pero el pintor puso al lado su amabilidad y le gritó para que nos esperara, jadeante, llegué a y el señor pintor me permitió subir primero.
Roja y agotada, subí al asiento, el único asiento que quedaba, pero de haber sabido… hubiera ido a la siguiente verdulería.


